lunes, 14 de enero de 2008

Crónica de un nacimiento anunciado.

Antes de nacer yo bailaba entre las dunas de un río.

La corriente caía como un grito contra mis movimientos.

Los peces eran,

como suelen decir los ancianos,

risueños ante la noche.

Los peces eran todos como yo.

Prematuros o … ¿indiferentes ante la vida?


Antes de nacer yo era un salmón.

Nadaba entre la lluvia sin olvidarme de mis 7 novias.

Como todos los salmones, yo las amaba.

Ellas me amaban un poco menos pero,

¿qué importa eso cuando uno es un salmón?

Antes de nacer yo nadaba entre la lluvia.

Una de mis novias una vez me hizo un regalo

y amanecí desnudo ante la tierra con un anzuelo en la boca.


Antes de nacer yo era nudista,

de esos que la cólera no limpia.

A veces pataleaba, pero siempre sonriente.

Me alimentaba de la ropa que los terremotos me regalaban.

Ser nudista no es fácil,

pero sí lo era expresarse con el cuerpo.

Yo me expresaba
hasta que el viento me traicionó

elevándome como el helio hasta perderme entre el cielo.


Antes de nacer yo reía como las nubes.

O mejor dicho, era yo una de tantas nubes.

El sol era absurdo,

como todas las cosas bajo la risa.

La vida de una nube no es tan estética como cree el cielo.

Flotar era tan fácil como nadar.

Y el día que decidí enamorarme de otra nube,

mi piel blanca se deshizo

hasta cederle al clima mi más falso suspiro.

(No es que haya sido débil,
sino que las nubes no tienen sexo,
-cosa esencial-
por lo cual decidí ceder.)


Antes de nacer yo vivía dentro de una vagina.

No la de mi madre,

sino la de alguna mujer de esas que no gritan frente al granizo.

Vivir dentro de la vagina de Edith Piaf,

aunque muchos no lo crean,

era cosa fácil.

Su piel limpia y sutil me dejaba resbalarme

entre los cantos de sus trompas de Falopio.

Hasta que un día, un líquido sonoro me expulsó de mi paraíso.

Fui triste

como tantos escribanos que todavía no lograban nacer.



El día de mi nacimiento,

un extraño viento de origen flácido

me transportó

(quién sabe con qué clase de magia)

al útero de mi madre

haciéndome nacer así,

en algún hospital blanco

con un cuerpo igual al de cualquiera de los otros

bebes llorones que curiosamente también

habían sido transportados a esta vida

sin consulta previa.

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