
La quietud de los colores
se expone abiertamente para los oídos
de los volcanes
del magma
de la helada corriente que surca el océano.
Y tan llamativa fuera la tristeza
de las aves
y de su parsimonia juventud.
Como las gotas de cuerpo
que miran asqueadas a los caminantes.
Y el camino no se ha logrado dibujar aun
en el agua
en la nieve.
Y parece que no fue tu culpa.
No tuviste la culpa
de que quemara tanto el sonido,
el estruendo de las tardes muertas,
el sueño,
las separaciones,
el magma.
Algún día aprenderás
que la poesía no es un arte errónea,
es solo un mapa que nos propone la luna
sin vergüenza aparente.
Aprenderás:
El viento no sopla, grita.
Y eres tú la máquina que exhibe los sueños tras los cristales.
Y la mantequilla
que siempre bailaba como
los pájaros
o la vejez.
Dulce idolatría para el sol.
Se expandirá la miel de los volcanes
y de repente
quemarás.
Una y otra vez
junto a la quietud de los colores.
Como un perpetuo abrir y cerrar de ojos
caerá tu voz sobre los parques
y los solitarios poetas
migrarán al mar
a enamorarse
eternamente.
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