La ciudad parece hecha de aluminio.
Tengo un sabor a Redoxón en la garganta
producto de tanta estupidez.
He aprendido que en los micros hay que mirar siempre hacia la ventana,
por más sucia que esté.
El resto son puros dibujos.
Viejos necios con un mondadientes en la boca
esperando que la ciudad se recaliente cada vez más
para que todos esos chibolos lacrosos se calcinen de una vez por todas.
Estoy seguro de que el cobrador también tiene una perra metida en la cabeza,
una perra que no lo deja tranquilo,
yo no puedo ser el único.
Estoy seguro de que la paloma atropellada a dos cuadras de aquí
también tenía a otra paloma
revoloteando entre sus ideas.
Las plantas nos dan oxígeno
y la poesía
tan estúpida
estoy seguro
también nos da oxígeno
la poesía tan absurda.
He olfateado los rastros de lo que era mi orgullo
entre los basurales,
la vergüenza como una alfombra roja que se extiende por una larga avenida
llena de semáforos y clacksons,
paraderos donde no para nadie,
la risa de un loco que camina sin ropa a lo lejos,
y cada uno de esos infelices
con una muchacha que no les hace caso
dando vueltas en la cabeza.
Agárrese bien de la baranda
que no se puede confiar en nuestras piernas hechas de papel.
Viejos necios con un mondadientes en la boca,
estoy seguro de que ellos a veces también quisieran aplastar el mundo,
verlo escurrirse entre la palma de su mano.
El resto son puros dibujos:
asma en cada bronquio de los pasajeros,
la radio escupiendo una melodía pegajosa,
sueño,
paraderos donde ya no para nadie.
En el siguiente
me bajo yo.
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