El tiempo es eso que tejes con tus manos,
no la red purpúrea de acertijos
que solemos acumular en la cabeza.
El tiempo es eso que diseñamos cuando nos quedamos callados,
no las olas del mar
que hacen lo que quieren
caprichosamente,
como si no hubiera movimiento allá afuera.
Estos días han sido raros:
la gente ya no mira a los costados al cruzar la pista,
los perros andan cabizbajos,
las nubes no dejan de bostezar.
Debe ser el cambio climático
o quizás
el asco de algún Dios bipolar
que no sabe si alimentarnos o dejarnos agonizar.
El tiempo es eso que siempre te olvidas sobre la mesa,
eso que no has podido nombrar.
Es esa angustia que sentimos al parpadear,
porque nunca sabemos si al volver a abrir los ojos
el entorno será el mismo.
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