A los 11 años aprendemos que existen las
chicas
pero no sabemos muy bien cómo son.
Aprendemos que es peligroso eso de tocar
a alguien más allá de nuestra propia piel
y de sentir unas manos nuevas,
más limpias y más suaves.
A los 14 años aprendemos que Lima está llena de chicas
pero que estamos destinados a chaparnos a
las más feas,
recorriendo las noches como buitres con
nuestras caras de pavos,
recurriendo a las morlacas de Noctambul o
del Rincón del Conde.
A los 17 años aprendemos que ya no tiene
tanto sentido
eso de simplemente hacer una expedición
entre el labio superior y el inferior
y que debemos intentar llevarlas a
nuestra madriguera
sin realizar un previo análisis de
impacto ambiental.
Porque la vida es como jugar a trepar el
palo encebado
sin piernas ni brazos,
como hacer abdominales en una piscina
y recordar en cada segundo que no somos
peces.
A los 20 años uno aprende que puede
comerse mujeres lindas,
con cara bonita y culo formado,
con tetas rosadas y manos delicadas.
Uno aprende, a esa edad, que ellas
también nos miran
y que no somos los únicos que estamos
arrechos.
Uno aprende, a los 20 años, que puede
comerse buenas mujeres
pero que cada una de ellas nos va
carcomiendo el alma a mordiscos,
haciendo nudos en nuestros intestinos
como si fueran pasadores
y escupiendo litio sobre nuestra futura
tumba
bajo la ecuación imperfecta de
Y = 74 (X - 0.02)
y entonces, algunas veces,
a la hora de la hora,
se nos encojen los huevos como si sus
manos fueran una sartén de teflón
y el hombre se vuelve perro sin hueso ni
olfato.
Porque la vida es como jugar solitario
sin uno mismo,
como bucear afuera del agua con el
snorkel lleno de polvo.
Porque a veces la muerte es como pisar
nuestros propios pies,
como sacarle la conchasumare a nuestra
propia sombra
y apostar por el caballo más somnoliento
y enfermo del hipódromo.
A los 20 años aprendemos que tenemos
derecho a comernos buenas mujeres
pero que algunas de ellas son como tomar
lejía,
como ir a la guerra con guantes de box
y entonces el orgullo es plastilina seca
llena de grietas,
carca amarilla en las orejas que bloquea
la música.
Yo no he nacido para morderme las uñas.
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